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Más argentinos creen en el “alma” que en Dios: 76,9% frente a 70%, según la encuesta ENReVi 2026

10/10/2026 · Redactor R10
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En la Argentina, creer en el “alma” está más extendido que creer en Dios. Así lo indica la ENReVi 2026 (Encuesta Nacional sobre Religión Vivida): el 76,9% cree en la existencia del “alma”, mientras que el 70% cree en Dios. Otro 8,3% cree en una energía u orden superior sin creer en Dios. El dato resulta llamativo en vísperas de la visita del papa León XIV.

La encuesta está dirigida por el investigador Hugo Rabbia, junto con académicos del Boston College (Estados Unidos), la Universidad Católica Argentina (UCA) y la Universidad Católica de Cuyo. El trabajo de campo estuvo a cargo de Zuban Córdoba y Asociados. Según la información difundida hasta ahora, el formulario no permite saber qué interpretan los encuestados por “alma”.

Una posible explicación es que se trate de un concepto más cercano. Para algunas personas, “Dios” remite a una institución, una doctrina o un compromiso; “alma”, en cambio, es más abierto: cada quien lo completa a su manera y puede sostenerse sin pertenecer a ninguna religión ni confiar en ninguna institución.

Esto coincide con lo que señalan las encuestas de 2008 y 2019 del Programa Sociedad, Cultura y Religión del CEIL-CONICET y su actualización 2026 con Management & Fit (mayo de 2026): las personas prefieren relacionarse con Dios por su propia cuenta y predominan las prácticas religiosas en la intimidad.

Además, entre las personas sin religión predominan la creencia en la energía (71%) y en la suerte (55%), mientras que Dios aparece recién en el séptimo lugar (28,6%, según la encuesta del CONICET de 2019). Esas personas pueden decir que sí al “alma” sin decir que sí a “Dios”.

La brecha, de todos modos, es chica. Eso implica que la mayoría de quienes creen en Dios también cree en el “alma”, y que el excedente serían personas que creen en el “alma” sin creer en Dios.

Según la sociología y la antropología de la religión, el término puede aludir a:

  • Lo que sobrevive a la muerte.
  • La esencia de cada persona, “lo que uno realmente es”, distinta del cuerpo.
  • La vida interior: emociones, conciencia, conciencia moral.
  • Una “energía” personal, en clave más espiritual que religiosa.

Aunque se suele decir que Latinoamérica es una región occidental y cristiana, los cristianos discrepan sobre el “alma”. Para los católicos, es espiritual, separable del cuerpo e inmortal. Otros cristianos creen que es inseparable del cuerpo, que la inmortalidad es un don futuro y que el estado posterior a la muerte es “como un sueño”.

El concepto predominante en Occidente deriva en parte de la filosofía ateniense y de escuelas judías. Platón moldeó la idea popular: el alma es distinta del cuerpo, es lo más propio de la persona y es inmortal. Aristóteles, en cambio, la definió como la “forma” del cuerpo, su principio de vida, que salvo quizás el intelecto no sobrevive a la muerte. San Agustín fusionó conceptos y Santo Tomás los reelaboró con Aristóteles. Descartes, con su dualismo entre mente y cuerpo, reforzó la separación. El budismo va en sentido contrario: su doctrina del “anatta” (no-yo) sostiene que no existe un yo permanente e inmutable.

Tampoco hay uniformidad en el judaísmo. La Biblia hebrea usa “nefesh” para referirse a la persona viva, su aliento y su vida, y no a una parte inmortal separable del cuerpo. En el judaísmo del Segundo Templo, los saduceos negaban la resurrección, los fariseos la afirmaban y los esenios creían en almas inmortales, con ideas que coinciden en parte con las de Platón.

En el uso cotidiano y laico, en cambio, el “alma” es la esencia o la vida interior de una persona (“pone el alma en lo que hace”, “una persona sin alma”), sin compromiso con ninguna vida después de la muerte.

Los sociólogos hablan de believing without belonging (creer sin pertenecer). Conviven tres grupos: quienes creen en el “alma” y en Dios como parte de una unidad, quienes conservan el “alma” como residuo o reemplazo espiritual de Dios, y quienes la usan en sentido laico.

Para algunos, el “alma” conserva algo que muchas personas anhelan: algo valioso e irreductible que la muerte no puede quitar. Es un anhelo de inmortalidad anterior incluso a Egipto, que en el siglo XXI se expresa en un concepto flexible: un Dios sin doctrina ni institución, con quien relacionarse “por su cuenta”.

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